sábado, 1 de enero de 2011

Una mañana distinta

Casi siempre estoy corriendo y llego algunos minutos tardes a todos lados, pero esta vez estoy acá antes de tiempo. Esto me sorprende y, como no soporto sentir que pierdo tiempo, empiezo a pensar qué hacer. Las últimas veces había preferido disfrutar de no hacer nada (no llamar a nadie, ni leer nada, ni escribir, ni siquiera pensar) como una forma de recompensarme por llegar en hora. Además, me ayuda a tomar conciencia de dónde estoy ("estar presente en el ahora" dicen los libros que estoy leyendo). Entonces, simplemente, me siento, levanto la mirada al cielo (detrás de los lentes) y disfruto del febo que iluminaba y calienta mi cuerpo. Es la mejor decisión. El lugar lo amerita.
Es temprano y yo llegué más temprano. Por un segundo, me siento privilegiado, feliz... no es habitual en mí, asique aprovecho y me observo.
Percibo un contacto con la naturaleza mayor al habitual y, en el medio de tamaña ciudad, aumenta mi satisfacción. Los caballos caminan, tranquilos, casi sin darse cuenta que los montan. Me dedico a observar el lugar... tiene el estilo rústico que suelen tener las casas de campo en Argentina, donde van a parar muchas cosas que dejan de usarse en la casa de residencia principal. Me recuerda los fines de semana de mi infancia... solo momentos de diversión y mucha alegría. Aquí, hoy, aunque todavía no soy un habitué, me siento a gusto. Desde el primer día había decidido saludar a todo el que cruzara, sin detenerlo -por supuesto-, pero usando la buena costumbre de los lugares chicos, casi íntimos, en los que todos se conocen. Eso me hace sentir un poco más en mi propia casa. Miro, observo... saludo pero trato de pasar totalmente inadvertido.
Si no fuese por el movimiento de los caballos diría que el tiempo se detuvo. Salvo la gente que trabaja, la mayoría son mujeres. Es obvio, mitad de semana, horario laboral... tanto privilegio empieza a incomodarme... lo pienso un poco y recuerdo que me he ganado este momento, lo merezco.
Xavier aparece en escena. Me recuerda que estoy aquí por algo. Su sonrisa es genial, auténtica, sincera, propia de quien ama y tiene pasión por lo que hace. Flaco, alto, chomba y gorra propias de la actividad pero a tono con lo agreste del lugar. Sus polainas son el distintivo que lo identifica, de cuero, con flecos, le llegan a la cintura. Viene directo a mí. Me saluda con un fuerte apretón de manos y me invita a pasar a la caballeriza. Caminamos hacia allá entre caballos y petizeros, entre intensos olores a alfalfa y bosta. Cuando llegamos, nuestro amigo Hugo, petizero hasta los dientes, nos saluda mientras termina de preparar a Martinika. Martinika es una yegua tordilla "de escuela" con fama de buenaza. La miro, me acerco, la acaricio y le doy suaves golpes de palma mientras pienso "espero que tengas un buen día".

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